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El Evangelio en el Génesis

LA LUZ

"Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz." GÉNESIS 1:3.

El que habla es Dios. La época en que habla es antes de que existiese el tiempo. Su palabra es omnipotente. Y como resultado, se origina el más grande de los dones. Las tinieblas lo oyeron y se desvanecieron. "Dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz."

Esfuérzate, lector, para imaginar aquella escena cuan­do la primera voz creó la primera bendición. Este mundo de tantas delicias era entonces una masa disforme de ma­teria dispersa. No tenla forma, y por consiguiente carecía de belleza. Estaba vacío, y en el vacío falta todo lo que es grato. Inhospitalario, porque una noche impenetrable cubría el vacío sin vida.

De esta agreste cantera, sin embargo, saldrán los ma­teriales para construir la morada del hombre. Este desier­to va a ser poblado con seres cuya edad será la inmortali­dad. Va a ser el campo del cual se suministrarán los gra­neros del cielo. Por consiguiente, lo deforme debe asumir una forma; el desorden debe ser ordenado; y lo imperfec­to ha de ser moldeado en amor.

¿Cómo será esto? Dios no tendría más que desearlo para que en un instante la creación apareciera en toda su perfección. Pero no es así como ocurre. Dios obra mediante un proceso gradual. Él obra. Aprendamos de ahí la sabiduría y la necesidad del esfuerzo. Dios obra por un proceso gradual. Esto nos enseña que la diligencia paciente es el sendero que nos lleva al bienestar.

Pero, ¿cuál es la primera maravilla que logra introdu­cir la armonía y la gracia? La luz. ¿Preguntáis cuál es el lugar de su alumbramiento?; ¿o el arte que la produce? La respuesta es: "Dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz."

Es imposible saber más. Y es imposible precisamente porque más conocimientos sobre el particular no nos apro­vecharían ni nos harían bien. Hay, sin embargo, verda­des relacionadas con la luz abiertas a nuestra sincera investigación. Son algo así como un cofre lleno de per­las evangélicas. En su forma más bella vemos las más hermosas características del Señor de la luz. El Espíritu Santo, guía seguro, proclama: "Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, vino a este mundo." Tam­bién el profeta, vislumbrando el fulgor de Cristo, canta: "El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz." El apóstol, hablando de Jesús, exhorta: "Alabad al que os llamó de las tinieblas a su luz admirable." Cerraríamos, pues, nuestros ojos a los altos propósitos de la luz, si no acertáramos a ver las trascendentales bellezas de salva­ción que emanan del primer día.

La luz es pura. No hay en ella, ni puede haber, mez­cla o contaminación. Su misma naturaleza excluye lo im­puro. Atraviesa inmaculada todo ámbito sucio. La nieve es brillante, no hay blancura que la sobrepase; pero la huella del hombre la mancilla. El agua salta brillantemen­te de su fuente; pero la mano humana puede ensuciarla. Pero nadie puede hacer menos pura la pureza de la luz. Así es Cristo. Como hombre en la tierra era tan puro como Dios en el cielo. Pasó por un mundo de pecado cual rayo de sol iluminando una choza. Tomó la forma del pecado, para poder llevar su merecido, pero nunca conoció su mancilla. En el pesebre de Betlehem era el Niño santo. Y volvió al cielo en santo triunfo, como el santo Conquistador.

Estudia, lector, la santidad de Jesús. Es una de las áncoras de nuestra esperanza evangélica. Cristo tiene que ser santo como Dios es santo, de lo contrario no podría ser el Mediador entre Dios y los hombres. Él mismo necesitaría de la expiación si tan sólo una sombra de una sombra de pecado se hallase en su Persona: tendría que salvarse a sí mismo. Y nosotros no podríamos ser salvos. Pero Cristo es todo‑suficiente para redimirnos, por­que es el santo compañero de Jehová.

Estúdialo también como el modelo del alma regenera­da. Salvación implica conformidad a Su imagen. "El que tiene esta esperanza en Él se purifica, como también Él es limpio."

La luz es brillo. De hecho, ¿qué es el brillo sino el res­plandor más claro de la luz? Cuando las nubes no ocul­tan el sol, el día es brillante. El panorama brilla cuan­do refleja los rayos del sol. Es brillante la esperanza libre de presagios sombríos. Así es Cristo. Él es el resplandor de la gloria de su Padre. Él encarna, como en una cons­telación, todas las perfecciones divinas. Irradia el esplen­dor de los atributos de Jehová. El tiempo más luminoso es aquel en que el Señor está más cerca. Y la página más brillante es aquella en que encontramos más de Cristo. El sermón más brillante es aquel en que se oye más acerca de Cristo. Y la vida luminosa es aquella en que más pue­de verse de Cristo.

La luz es hermosa. La belleza no puede prescindir de ella. Excluidla, y desaparecerá todo encanto; el sol se ensombrecerá y los colores se desvanecerán. "Eres el más hermoso de los hijos de los hombres", "el único entre diez mil, y todo tú perfecto." ¡Qué plenitud de belleza hay en esta persona que es Dios y hombre al mismo tiempo! ¡Qué armonía de gracia hay en esta obra que une a Dios con el hombre! ¡Qué encantos contienen estas preciosas Escrituras que muestran Su valor! Ver Su variada exce­lencia es una antesala del cielo. Así como toda luz her­mosa embellece, así Cristo engalana a todos aquellos so­bre los que descienden sus fulgores. Hermosea a los humil­des con la salvación.

La luz es libre. Las riquezas del rico no pueden ad­quirirla. El arte del artesano no puede aprisionarla. El trabajo del obrero no puede ganarla. La pobreza del po­bre no le priva de ella. Adondequiera que llega lo hace volando sobre las alas de la libertad. No puede com­prarse. Ilumina el palacio sin precio, llega hasta la choza graciosamente. Así es Cristo.

Pecador, ¿anhelas tú este precioso tesoro? Abre la puerta de tu corazón y es tuyo. "Venid, comprad vino y leche, sin dinero y sin precio". No perdáis el tiempo bus­cándole un precio. Los mismos ángeles comparados con Él no son de ningún valor. Todos tus supuestos méritos no son más que defectos. Lo mejor que hay en ti es pe­cado ¿y ofrecerás pecado a Jesús? Reconoce tu miseria y acógete a la gracia. Llora tus tinieblas y Cristo te dará su luz. Todos los que ven en sus luminosos rayos con­cuerdan en su testimonio. Todos cantan que lo que tienen lo han recibido de amarme, me llamó pura gracia: me amó por que quiso porque quiso llamarme, me bendijo porque quiso bendecirme, me salvó porque quiso salvar­me, brilló en mi alma porque así le plugo. Cuando yo estaba en tinieblas, Él dijo: "Sea la luz; y la luz fue", y la luz era Él mismo.

La luz lo revela todo. Tan pronto como las tinieblas arrojan su manto, nos movemos inconscientemente entre enemigos y lodazales. Abismos se abren a nuestros pies, y cada contacto nos tizna, pero aunque el enemigo mor­tal se dispusiera a atacarnos no nos daríamos cuenta. Si permitimos que la luz se apague, la ruina y la suciedad se nos echan encima. Pero cuando la luz sale, pone de manifiesto las tinieblas. Así también Cristo. Por sus rayos detecta el pecado que hay en cada escondrijo de nuestro corazón. Y el mundo que tanto amamos es desenmasca­rado como un monstruo cuyo abrazo es concupiscencia, y cuya mano sostiene la copa de la muerte.

Lector, ¿disciernes la corrupción del pecado y del ve­neno que engañan al mundo? Si no los disciernes es que la luz no ha visitado tu conciencia. Cristo no está en tu corazón. El lamento que produce la fe tiene siempre una nota que confiesa: "He aquí, estoy sucio". Hay siempre en su boca este ruego: "Lávame, y seré más blanco que la nieve".

Pero del mismo modo que el sol es visto por la propia luz que él mismo proporciona, así Cristo, no solamente revela los peligros, sino que se revela a sí mismo. Muestra su cruz, la gloriosa prueba de su amor insondable. Nos descubre los tesoros de su Palabra. Entonces, profundos llamamientos, testimonios, promesas y dulces notas de consuelo y paz se convierten en vida brillante, como los fulgores de luz en una puesta de sol. Abre las cortinas de sus cielos, y vemos a un Dios reconciliado con los hombres, al mismo tiempo que vislumbramos los des­tellos de Su gloria.

La luz es la madre de la fertilidad. Las regiones en que el sol apenas brilla son áridos desiertos. La vegeta­ción languidece en las sombras, y los árboles se secan. Perpetuo invierno significa desolación perpetua. Pero observad el cambio cuando vuelve la luz. El jardín, la viña y los campos son pronto cubiertos de fragancia y abundante vegetación. Así es Cristo. En Su ausencia, el corazón se llena de maleza y hierbajos nocivos. Pero cuando sus fulgores vivifican, las semillas de la gracia fructifican y el árbol de la fe ofrece su fruto dorado.

La luz es el carruaje que transporta el calor, sin el cual el corazón se hiela y se hace tan duro como una roca. El suelo parecería de hierro si los cielos estuvieran siempre oscuros. Igualmente, los corazones sin Cristo son hielo. Pero cuando Él entra se enciende una llama que ya nunca más puede morir. Arde el amor en cada cobijo del hombre interior. Es la chispa que centellea heroica en el ministro fiel y en el intrépido misionero. Ver y amar a Cristo da calor al corazón. Calor en el corazón es fuego en los labios. Y fuego en los labios es llama que prende en los oyentes. De este modo, muchas congregaciones en­durecidas se derriten en corriente de santo celo.

La luz es asimismo heraldo del gozo. Egipto estuvo cu­bierto por las tinieblas durante tres días; falló la vista y cesó toda actividad. Tiempo sombrío aquél. En uno de los viajes más tempestuosos que efectuó el apóstol San Pablo, ni el sol ni las estrellas aparecieron por muchos días. Fue un tiempo sombrío para el gran misionero. Mientras Cristo no levante su semblante, no puede empezar la mañana feliz que no tendrá noche. La luz actual, sin embargo, no es más que la estrella de la mañana de la gloria venidera. El cielo es un Dios al que no ocultan nubes ningunas. Y allí, con los nuevos cuerpos celestes, en vestidos de luz, los redimidos reposan en una ciudad de luz, "que no tiene necesidad de sol ni de luna para alumbrar, porque la gloria del Señor ilumina, y el Cor­dero es la luz allí."

Lector, ¿estás tú viajando de la luz a la luz? No te engañes. Hay la frágil vela de la razón. Pero no conduce a ningún cielo. Hay las muchas luces falsas del error. Nos llevan a las rocas y a los pantanos de destrucción. Vanos meteoros relumbran desde muchos púlpitos y en muchos libros. ¡Tened cuidado!; hay un solo sol en el firmamento, como hay un solo Cristo en la Biblia: un Cristo y un Espíritu, un Cristo del Padre, un Cristo de los salvados.

Pregunto de nuevo. ¿Se han desvanecido tus tinieblas? Tu contestación será afirmativa si puedes ver al Sol de justicia y odias el pecado, crucificas la carne y pisoteas el mundo; si te gozas en sus fulgores y tienes sed de más conocimiento y de una senda más brillante. Pero quizá tú ames la tinieblas más que la luz, porque tus obras son malas. ¡Piensa, sin embargo, cuán sombrío es el camino amplio de la perdición! Va directo al abismo, en donde sólo hay oscuridad y en donde sólo se oye el llanto y el crujir de dientes. Párate por un momento y medita: ¿No quieres volver a "la verdadera luz"?

Creyente, contempla el lugar soleado de tu hogar. En tu gozo colmado recuerda que este jardín del Señor es un puesto de trabajo y no de ocio. Has recibido la luz para que brille y la pongas bien en alto. Tú eres luz para que otros puedan ser también luz por medio de ti. No digas: No soy yo quien puedo crear y dar luz. Cierto, pero es tu deber reflejar la luz. El planeta devuelve los rayos que recibe. El espejo devuelve la imagen. Tú no viste nada hasta que Cristo dijo: Recibe la vista. No des­canses hasta que su voz resuene en tu familia, en tu ve­cindario, en tu país, y en el mundo entero. Sea la vista, y será la visión. Sea la luz y será la luz.



ADAN

"Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tie­rra." GÉNESIS 2:7.

La vida de Adán es una página muy breve. Pero cada línea nos ofrece material para un volumen más grande que el de los libros creados por la mente humana. Halla­mos en ella la clave de esta maravilla que tanto nos asombra: el Hombre. Los innumerables seres humanos que pueblan actualmente la tierra, los incontables que ya están en gloria, y el inmenso número de los que se han perdido eternamente, todos tienen su origen en Adán. Y todos los que tienen todavía que nacer para brillar en el cielo o para arder en el infierno, todos fluyen de él como de su fuente madre.

Cuando consideramos su nacimiento nos pregunta­mos: ¿Cómo ocurrió? ¿De qué material hizo Dios al hom­bre? El orgullo pronto deducirla que tal ser no pudo sa­carse de ninguna cantera común. Pero el orgullo debe doblegarse ante la palabra infalible que afirma: "Eres polvo".

Medita esta primera verdad. El monarca más pode­roso y el pobre Lázaro son hechos de lo mismo. Su común parentesco es el de los gusanos. La carne de ambos es inmundicia despreciable. ¿Quién, pues, blasonará de her­mosura o de fortaleza? Parece como si el polvo se bur­lara de semejante locura.

Pero el hombre es algo más que un montón de barro. El caparazón del hombre alberga una joya de incalcula­ble valor. Dios "sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente". La carne es terrena, el espí­ritu es del cielo. La una es materia, el otro es un rayo de Dios. La una pronto se derrumba en vileza, el otro tiene un principio eterno. La una se rebaja al mismo nivel de las bestias, el otro despliega las alas de la inmortalidad.

Siempre será poco lo que pienses de tu alma. Nunca puede cesar de ser. El tiempo pasa sin producirle arru­gas. No se marchita ni decae. Su duración es la eternidad y es por tanto inextinguible.

Dios formó al hombre. Un maravilloso jardín consti­tuía el palacio del rey de la creación. Las fragancias de las flores y los frutos acariciaban cada uno de los senti­dos. La comunión con Dios fluía con toda naturalidad. Vivir era una delicia constante. La sonrisa de la inocen­cia se abrazaba con la sonrisa del cielo. El corazón estaba lleno de amor, la adoración era una alabanza continua. Pero el hombre era una criatura, y una criatura debe obe­decer. En el cielo, los ángeles no hacen más que la volun­tad de su Hacedor. Dios es el que está sentado en el trono y gobierna. Pero la obediencia no es un yugo pesado. Y así un solo mandamiento y una sola prohibición le fue dada a Adán: no debía comer del fruto de uno de los árboles del Paraíso. La trasgresión de este mandamiento acarrearía la muerte. "Y mandó Jehová Dios al hombre diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás." ¿Quién puede escuchar estas palabras y seguir pensando que el pecado es algo sin importancia? El más leve peca­do coloca el alma en abierta rebelión. Arroja a Dios del corazón. Es una manifestación del impío principio de la independencia. Demuestra que el yo ha levantado el ídolo del amor propio.

¿Puede Dios consentir el mal? ¡Ah, no! La Divinidad lo detesta. Por consiguiente, la trasgresión es muerte. Esta es la pena. Mas, quién puede calcular las profun­didades de miseria que acarrea esta condenación? Impli­ca, la expulsión instantánea de la presencia celestial. Se marchitan de pronto todas nuestras facultades y percep­ciones espirituales. Nuestro cuerpo se siente herido de muerte v el alma gusta la muerte espiritual. Todo esto demuestra que el pecado tiene su morada únicamente en les eternos lamentos de la conciencia acusadora y en los estremecimientos eternos en el lecho de la ira condena­toria.

Es el día más negro de la tierra. Se acerca el tentador. No discutiremos con los que preguntan si esto no hubiera podido ser conjurado. Aprendamos que la piedad no pro­bada es piedad incierta. La trampa es colocada sutilmente. Se pronuncia la primera mentira. Nuestros padres se pondrán a pensar. ¿Sucumbirán? E1 hombre perfecto no es más que una caña vacilante. Se rompe el único mandamiento impuesto por Dios al hombre. Entra el pe­cado. Desaparece la inocencia. Se extingue la vida de Dios en el alma. Adán inclina su cabeza, caído y culpa­ble, en una tierra maldecida a causa de su pecado.

Debemos considerar las miserias provocadas por este hecho trágico. Es la clave para entender toda la confu­sión universal que nos aturde y la desazón personal que nos humilla. El universo no gira sobre un eje de orden justo. La espina, el cardo, el huracán, el terremoto y las pestilencias proclaman el disgusto de los cielos. Todas las cosas tienden a su propio decaimiento y muestran que la muerte ejerce un señorío implacable. Las lágrimas, los suspiros, los lamentos y toda la secuela de pesares que brotan del camino del dolor y el sufrimiento, evidencian que un Dios airado obra airadamente. Pero no es esto todo. Lo más amargo de la condenación cayó sobre nues­tro corazón. ¡Qué jungla de hierbajos odiosos! Leemos, y la conciencia devuelve el eco de estas palabras, "que todo designio de los pensamientos del corazón del hom­bre es de continuo solamente el mal." "Dios miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, para ver si ha­bía algún entendido, que buscara a Dios. Todos se des­viaron, a una se han corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno". La mente es vana, la inteligencia entenebrecida, la ignorancia soberana y los sentimientos justos han huido. Se adora y se sirve más a la criatura que al Creador. El testimonio fiel de la Pala­bra Santa así lo afirma. Y la conciencia lo confirma. Los relatos de la caída lo explican. Todos los males vinieron de la mano del pecado.

"En Adán todos mueren". Observa seguidamente, querido lector, cómo toda la raza humana participó en el primer pecado. Adán estaba frente a Dios, no como una persona aislada, sino como una representación comu­nitaria. En su simiente estaban todas las generaciones. Toda la familia humana yacía, en potencia, en aquel pri­mer hombre. Y así como una semilla contiene toda la po­tencia de un bosque, así todas las naciones de todos los tiempos estaban implicadas en esta única primera cabeza. Del mismo modo que todos los rayos se originan de un mismo sol, así también todos los descendientes estaban en aquel padre. De ahí que la acción de Adán afecta hasta el último de sus hijos, como una fuente sucia contamina todas las gotas de agua que fluyen de la misma.

Se sigue, pues, que en Adán todos quebrantamos el pacto de las Obras. Pecamos en su pecado. Ofendimos en su ofensa. Transgredimos en su trasgresión. Somos culpa­bles de su culpa. Y en él nos hemos alejado de Dios. En él nos hemos aprisionado en las cárceles de la condena­ción. En él recibimos una herencia infernal. El orgullo que encuentra todos los elementos buenos en el yo, ¿se atreverá a desmentir esas afirmaciones? Que nos muestre primero por qué los niños mueren, y por qué los primeros pensamientos no son más que gérmenes de maldad. No hay mejor prueba de la pecaminosidad y ceguera de la naturaleza humana que sus vacilaciones en el pantano del engreimiento antibíblico.

Hasta aquí, nuestra visión de Adán ha sido como una nube sombría y esparcidora de tinieblas. Pero ob­servemos de nuevo. Hay en el fondo rayos brillantes. Mientras nosotros nos sumimos en el llanto, el Espíritu vuela en alas de amor para cambiar el espectáculo. Se oyen dulces voces: "Adán es figura del que había de venir" (Romanos 5:14). "Fue hecho el primer hom­bre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vi­vificante" (I Corintios 15:45). "El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Se­ñor, es del cielo". "Y así como en Adán todos murieron, así también en Cristo todos serán vivificados". ¡Benditas nuevas! ¡Bendito privilegio poder trazar esta semejanza! Que el Espíritu Santo nos ayude ahora a ele­var nuestra mirada del Adán que trajo el pecado al Adán que lo cargó sobre sí.

¿No es Adán el padre de toda la familia humana? Así también Cristo es el padre de toda la familia de la gra­cia. Está escrito: "Verá su simiente"; "Su simiente le ser­virá". Él es el "Padre Eterno". Como Adán es el manan­tial de la corrupción y la muerte, Cristo es el creador de una nueva vida. Él es Espíritu vivificante. Si los que son nacidos de la carne son carnales, los que son renacidos del Espíritu son espirituales. Sus energías y facultades son como luz en medio de las tinieblas. Hubo un tiempo cuan­do fueron una masa muerta. Ahora, sin embargo, tienen oídos para oír su llamamiento, ojos para ver su hermo­sura, y boca para cantar las alabanzas de Dios y adorar­le. Tienen también manos para agarrarse fuertemente de la cruz y pies para subir al monte Sión. Antes sus cora­zones eran de piedra; ahora sus latidos son pulsaciones de amor. Antes su gusto sólo apetecía lo bajo y sórdido de la tierra; ahora anhelan lo alto y puro de los cielos. El mejor de los libros es su más dulce pasatiempo. El mejor de los temas es su más feliz conversación. Nuevas incli­naciones les demuestran que han nacido de nuevo. Tales son los felices hijos de la gracia. Se sientan en armonía alrededor de la mesa del Señor, y le adoran como el autor de su vida y de su gozo. Así en el jardín de Cristo crecen las plantas para el Paraíso celestial, como en la selva de Adán las malezas para ser quemadas.

Pero aún hay más contrastes. Adán sucumbe y con él cae todo el mundo. Cristo vence y en Él toda su si­miente levanta la cabeza. Aparece en la carne como el Jefe común de sus hijos adoptivos. Y como tal resiste triunfalmente todos los asaltos del diablo. Actúa dentro de una perfecta e inconmovible línea de pureza y amor. La más completa voluntad del padre es el único deseo de su corazón. Y todos sus miembros redimidos participan con ti de la victoria y la justicia de quien es la Justicia misma. Cada creyente verdadero puede exclamar: "El Señor es mi justicia", y puede llamar a la puerta de los cielos con esta garantía. En Cristo tengo la misma justi­cia de Dios. Si grande fue la pérdida de Adán, mucho más grande es el beneficio otorgado por Cristo.

Corno una persona cualquiera pendió de una cruz. En É1 sufre su pueblo hasta la muerte. En Él apura la nona de la ira divina. En la prueba los más amargos dolores que merece el pecado. En Él paga todo lo que se debe a la justicia. En Él lo soporta todo hasta que no pueda atributo de Dios que no haya sido satisfecho. Y todo hijo de fe exclama: "Estoy crucificado juntamente con Cristo". ¿Quién puede cargar a aquel por quien Cris­to ha cargado todo? En Adán merecemos toda la ira di­vina. En Cristo la experimentamos.

Cristo se levanta de entre los muertos. Nada puede detenerlo. Pero aún sostiene a los suyos. En Él cada uno ve un anticipo de la mañana de resurrección, en la cual esto corruptible será vestido de incorrupción y la muerte será sorbida en victoria. En Adán descendemos a la tum­ba. En Cristo descubrimos la puerta de la vida. En Adán sufrimos la postración en lechos de tinieblas. En Cristo nos vestimos de luz como de vestimentas para la eter­nidad.

Habiendo terminado la obra de redención, Jesús vuel­ve a los cielos. ¿Ascendió desligado de sus miembros? ¿Puede el Cuerpo vivir sin la Cabeza? No. Con Cristo entran los miembros en los cielos y toman sus sillas ante el trono de Dios. No está escrito en vano que "nos resu­citó juntamente con Él y nos hizo sentar en lugares celes­tiales con Cristo Jesús". Cada silla celestial ha sido preparada desde toda la eternidad, y a los ojos de Dios no hay vacante.

¿Decís que esto es misterioso? Lo es. Pero es tan cierto como profundo. Y se nos ha revelado para consolación del creyente. Porque, ¿qué consuelo mayor que el de sa­ber que somos uno con nuestro Señor en todo lo que ha hecho y en todo lo que está haciendo? Es la simiente de la santidad, porque ¿quién, viviendo en el espíritu, en medio de las glorias celestiales, puede siquiera rozar las vanidades de la tierra?

Querido lector, es un hecho claro que el nacimiento natural te trajo al viejo mundo del pecado. Cuán impor­tante es, pues, la pregunta: ¿Has sido trasladado por el nuevo nacimiento al nuevo mundo de la gracia? Lo has sido si eres de Cristo y tú eres de Cristo si Cristo es tuyo; y Cristo es tuyo si mora en tu corazón por la fe verda­dera, y la fe es verdadera cuando sólo confía en él y se entrega a Él completamente, amándole, escuchando su voz y sirviéndole.

Si no tienes estas evidencias, te hallas todavía en la tierra de desolación. ¿Vas a demorar tu desgraciada rui­na? ¡Clama a Él, quien siempre ayuda al que le suplica desesperadamente! Busca la vida en quien es el Señor de la vida. Clama por tu resurrección espiritual al que es Espíritu vivificante.



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